Se revocó la prisión domiciliaria de cuatro imputados

El juicio a los penitenciarios

Se revocó la prisión domiciliaria de cuatro imputados

Así lo dispuso el Tribunal en la octava audiencia desde el inicio del juicio oral y público. Julio César Urién, Eduardo Anguita, Raúl Eduardo Acquaviva y Alberto Elizalde Leal fueron los testimonios de la extensa jornada que culminó cerca de las 20. La mayoría pudo identificar y señalar a sus torturadores. “Esas caras me marcaron la vida”, confesó Anguita.

Por Secretaría de Prensa y Difusión – APDH La Plata

(4MAYO2010) El Tribunal Oral Federal en lo Criminal Nº1 dio comienzo a la audiencia a través de la lectura de la resolución sobre los pedidos formulados por la partes en jornadas anteriores. En el siguiente orden, se comunicó sobre la revocación de la prisión domiciliaria de Isabelino Vega, Elbio Omar Cosso, Valentín Romero y Ramón Fernández y a su posterior traslado a cárceles comunes, y sobre el rechazo al pedido de citación del ex juez Eduardo Marcuar y, por último, al de detención de los tres médicos imputados.

Julio César Urién fue el primer testigo en declarar respecto a su paso por la Unidad Penal Nº 9, es decir, entre mediados de junio de 1976 y fines de enero de 1977.

Relatados sus antecedentes militantes en la Juventud Peronista y Montoneros, el testigo hizo alusión a su ingreso al penal, a la brutal requisa del 13 de diciembre de 1976 -hecho que, según sus palabras, “significó el cambio de régimen en la Unidad”- y al proceso de reclasificación de presos durante los primeros días del año 1977.

Dardo Cabo y Rufino Pirles habían compartido con Urién el cautiverio en los denominados “Pabellones de la Muerte”. En efecto, el testigo pudo narrar sobre el traslado de sus dos compañeros y los rumores de muerte que habían circulado dentro del penal. Incluso precisó respecto a una publicación del diario “El Día” en la que se suponía muerto a Rufino Uris. “Como los agentes del Servicio Penitenciario Bonaerense (SPB) me decían ‘Uris’, aquella nota me hizo pensar que el próximo blanco sería yo”, refirió Urién.

El 27 de enero de 1977, el testigo fue reducido, encapuchado y trasladado en una camioneta -junto a Ángel Georgiadis- hasta el penal de Sierra Chica, donde fue alojado en un calabozo durante más de una semana. Allí recibió la visita de su madre y la de Georgiadis, a quien no le habían permitido ver a su hijo.

Respecto a la muerte de Georgiadis, Urién recordó que el rumor de que su compañero había sido torturado y degollado se desprendía de la información suministrada por su madre ya que “los familiares estaban en contacto entre sí”. Similar es el caso de Horacio Rapaport ya que el testigo pudo reconstruir el relato a partir de que se enteró de su muerte.

Por último, Julio César Urién manifestó no acordarse de haber sido atendido por personal médico del SPB aunque sí se permitió vincular a dicha estructura con el régimen militar de aquel entonces. “Que el Director de un Penal reciba órdenes de ‘arriba’ no quiere decir que deba cumplirlas”, concluyó el testigo.

Ellos tres

Memoria viva y sin fisura. Fue la contundente impronta del segundo testimonio a cargo del periodista Eduardo Anguita, sobreviviente del terrorismo de Estado en la Unidad Nº 9 y actual director del periódico semanal “Miradas al sur”.

Anguita ingresó al penal en octubre de 1976 y fue víctima de la violenta requisa efectuada por los uniformados del SPB el 13 de diciembre de ese año.

Entre otros hechos, el testigo pudo individualizar fehacientemente los homicidios de Dardo Cabo, Rufino Pirles, Horacio Rapaport y Ángel Georgiadis; las desapariciones de Guillermo Segalli, Miguel Domínguez y Gonzalo Carranza; y, además, las torturas y tormentos perpetuados a Julio César Urién.

Según recuerda Anguita, fue Rapaport quien le contó que habían sacado del “Pabellón de la Muerte” a Urién y a Georgiadis para llevarlos a los calabozos conocidos como “chanchos”. Ante este episodio, personal del SPB castigó al confidente enviándolo a las celdas de castigo en lugar de Urién. “Rapaport se convirtió en el ejemplo de que los `chanchos’ no eran sólo un calabozo, allí se estaba expuesto a la muerte”, aseveró el testigo.

En otro orden, Anguita se refirió a la complicidad judicial sobre las violaciones a los derechos humanos bajo la dirección de Abel Dupuy. Mencionó a un juez de apellido Sarmiento, a quien -junto a otros internos- les denunciaron los homicidios a internos de los Pabellones 1 y 2. Ante el planteo, Sarmiento les respondió: “Los que estamos en peligro somos nosotros que estamos rodeados de subversivos que nos pueden poner una bomba en cualquier momento”.

Además, en febrero de 1978 había salido de la cárcel Jorge Roberto Petiggiani, que llevaba el nombre falso de “Jorge Roberto García”. Anguita destacó la responsabilidad del entonces juez Eduardo Marcuar en la desaparición de Petiggiani, ya que fue quien ordenó la libertad del joven, que fue desaparecido inmediatamente.

Párrafo aparte merece el episodio de la madre del testigo. Matilde Vara fue secuestrada y desaparecida el 24 de julio de 1977 en su lugar de trabajo luego de recibir una serie de amenazas por partes de civiles: “¡Así qué tenés un hijo preso! ¡Tené cuidado!”, le habían dicho. Vale destacar que previo al secuestro, el imputado Raúl Aníbal Rebaynera le había requisado la celda al testigo quién, al ordenar sus pertenencias, descubrió que las cartas que le había escrito su madre ya no estaban.

Hacia el final de la declaración, Anguita aludió a un colaborador de los agentes del SPB de apellido Martella, cuya madre se había encontrado con la suya en el marco de un viaje. Hecho a partir del cual el testigo empezó a sospechar del interno, a quién decidió “apretar” junto a otros compañeros aunque sin conseguir la confirmación de su responsabilidad. Tras el minucioso relato, parte de la querella solicitó al Tribunal que se solicite declaración a Martella.

Anguita se no ahorró palabras al contar su historia que, a su vez, simboliza la de miles. Hasta se permitió reir cuando el abogado de la defensa, Dr. Flavio Gliemmo, le preguntó si se consideraba un preso común o político. Y mucho menos lo pudo la necesidad de señalar a dedo, cara a cara, a quienes le practicaron el genocidio: Jorge Luis Peratta, Raúl Aníbal Rebaynera y Abel David Dupuy. “Ellos tres”, indicó.

Hasta la victoria, siempre

“Corré y mirá para abajo, hijo de puta”. Era la consigna más coreada a los internos durante la violenta noche del 13 de diciembre de 1976 en la Unidad Penal Nº 9. Así lo recordó Alberto Elizalde Leal en su testimonio frente al Tribunal que juzga a los catorce agentes penitenciarios de aquella unidad carcelaria.

No solo esbozó los cambios producidos por la requisa que inauguró el régimen del terror encabezado por Abel Dupuy sino que pudo individualizar, sin titubeos, al agente que más lo golpeó esa noche y luego en el calabozo: Raúl Alberto Rebaynera, alias “El Nazi”. Al igual que el testigo anterior, Elizalde lo mencionó, se acercó y lo señaló luego de recordar que era él quien a la noche ponía música clásica para salir de “caza”. “Aquellos acordes despertaban el terror porque sabíamos que ‘El Nazi’ arranaba con su proceso de búsqueda”, reveló.

Al igual que el testigo anterior, Elizalde cuestionó la responsabilidad de la Justicia. Se refirió a los magistrados Sarmiento y Marcuar cuando éstos ignoraron la denuncia efectuada por el testigo ante las desapariciones de su madre, su hermana y su hermano, en enero de 1977. “Vi a mi madre por última vez el 19 de ese mes, que era un día de visita, y la semana siguiente ya no vino más”, aseveró Elizalde.

En otro orden, el testigo mencionó a un compañero al que apodaban “El Gallego” a quién, según recuerda, en febrero de 1978 se le anuncia que será liberado. Desconfiado e intuyendo que detrás de su libertad se esconden intenciones, Elizalde relató que “El Gallego” se despidió con un fuerte grito que retumbó en los pasillos del penal: “¡Hasta la victoria, siempre!”. Se trataba de Jorge Roberto Petiggiani, sobre quien Eduardo Anguita también prestó declaración.

También se refirió al homicidio de los internos Cabo y Pirles, de quiénes se sabían dentro de penal que eran dirigentes montoneros, y a Georgiadis, Rapaport y Urién. Éste último, único sobreviviente.

Cabe destacar la valoración que el testigo remarcó a lo largo de su testimonio en torno al terrorismo de Estado que tuvo lugar en la Unidad Penal Nº9: “Se trató de una conjunción, de la articulación que hubo entre los penales, el Poder Judicial y las Fuerzas Armadas”, expresó. Y agregó: “No pueden negar que la estructura penitenciaria formaba parte de un sistema en sintonía con el régimen de ese momento”.

Sobre el homicidio de Ibáñez Gatica

Raúl Eduardo Acquaviva recordó haber llegado a la Unidad Nº 9 desde Mendoza el 27 de Septiembre de 1976 y que la bienvenida al penal había sido con golpes y patadas de parte de los agentes del SPB.

Con respecto a la requisa del 13 de diciembre de 1976 detalló que fue “general, importante y que abarcó a todos los pabellones”. También manifestó que “había gente de seguridad externa e interna, de tratamiento y empleados uniformados con el uniforme del penal”.

El testigo afirmó haber estado en los calabozos de castigo y se refirió específicamente al oficial Basualdo como la persona que le propiciaba “una paliza sistemática” en la boca del estómago, a lo que después se le sumaba una ducha de agua fría con jabón para disipar los machucones.

En otro orden, Acquaviva hizo referencia a la muerte de Marcos Ibañez dentro del penal. Relató que desde su celda había escuchado cómo agentes del servicio habían entrado a la celda de Ibañez con un tubo de oxigeno. Hecho que le dio la pauta de que algo grave estaba pasando.

Luego fue sacado de su celda por el oficial Romero, alias “culito de goma”, y fue llevado a una habitación al fondo del pasillo del penal. Al ingresar vio a quince o dieciséis personas, entre ellas, oficiales, suboficiales, y recordó que alguien le había preguntado si había matado a Ibañez, a lo que respondió que no.

Una de las personas allí presentes le dijo: “Mirá, en realidad esto es un apriete para que vos figures como testigo del penal que nosotros no matamos a Marcos Ibañez”. Y ante la intimidación, afirmó que “no había visto nada” mientras los agentes del SPB afirmaban lo contrario.

Luego de este hecho hubo una persecución psicológica para con la victima ya que, según Acquaviva, le ponían arriba de la cama las fotos de la familia, le hacían requisas personales y lo golpeaban en celdas personales.

Ante la solicitud del Dr. Rosansky de observar a los imputados, el testigo pudo reconocer a Rebaynera, Basualdo, Dupuy, Morel y Ríos como agentes que participaron de los hechos ocurridos en la Unidad Penal Nº 9.

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La Asamblea Permanente por los Derechos Humanos La Plata es una organización no gubernamental cuyos objetivos son: Defender los Derechos Humanos en su acepción más amplia, contribuir a su enseñanza y a su difusión, dotar a esta temática de sólidos fundamentos jurídicos y académicos con una clara visión de futuro mediante la investigación y la docencia. Llevar adelante los reclamos de Memoria, Verdad y Justicia para nuestro pueblo. Llevar adelante el Juicio por la verdad, iniciado junto a otros organismos y particulares en 1998 ante la Cámara Federal de La Plata y a las causas penales derivadas del Juicio por la Verdad.

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